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Venezuela: amaneciendo con las misiones

Por Gustavo y Mariella Niño

28.03.05 | El Batallón Ayala, célebre por el frustrado intento de Plan Avila ordenado por Tiburón 1 aquel desconcertante 11-A, es en este momento el único establecimiento del Estado en La Gran Caracas, donde se puede obtener nuevas Cédulas de Identidad propiamente “bolivarianas de Venezuela”, mediante simple presentación de una fotocopia legible del documento vencido.

Con esto en mente y mucho antes de salir el sol, llegamos el pasado Viernes del Concilio al Fuerte Tiuna, con el fin de poner al día nuestra venezolanidad, hasta ahora vencida sin consecuencias, puesto que, vencida o no, siempre y cuando estuviese laminada, sirvió hace poco hasta para intentar revocarle el mandato al mico mandante.

Llegamos a las cinco y media de la mañana con Alister, nuestro hombre de confianza con carro propio, para las ocasiones cuando nuestros automotores de la IV dejan de ser útiles y pasan a ser sustituidos por alguna MISION. Esto nos lleva a cometer ciertos errores, los cuales se corrigen “en curso de obra”, como verán más adelante. En lugar de “apearnos” en la entrada al fuerte desde la Panamericana, donde nuestra FAN nos habría proporcionado la bienvenida y transportado cómodamente en la “MISIÓN IDENTIDAD, componente METROBUS” hasta la propia entrada del celebre Batallón, optamos por seguir con Alister hasta donde fuera posible, lo cual no nos llevó muy lejos. En el primer puesto de control, un efectivo de algún pelotón de lateros de las unidades de la reserva, nos carajeó, manoteó y remitió al sitio donde ya estaban otros que antes habían pasado por igual trance. Luego nos advirtió: ¡antes de las ocho “NO PASARAN”!, agregando que para entonces ya sería demasiado tarde. ¡O sea!

Antes de producirse un previsible “cuantoai paeso”, un coronel bolsiclón, pero de muy buena intención, detuvo su camioneta para recriminar al latero uniformado, por su desastroso desempeño y por los maltratos a todo quien se topaba con él en su camino.

Mientras nuestro coronel de marras trataba de imponer sin éxito su autoridad y jerarquía, gritándole 25 veces al soldado: “¡No ve que yo soy un coronel…carajo! y ¡cállese la boca o yo mismo lo voy a……!”, aprovechamos la llegada al rescate de otros tres oficiales. A uno le consultamos sobre la posibilidad de seguir nuestro camino, lo cual,….aceptó. Otro se encargó de apaciguar al coronel y retirarlo del sitio y el tercero se llevó la camioneta.

Poco a poco dejamos atrás el incomprensible acontecimiento, con el latero reinstituido en su tarea. Con menguada confianza en nuestra institución castrense, completamos en grupo el recorrido, disfrutando del amanecer y de una interminable playa de estacionamiento, sembrada de camioneticas de la MISIÓN MERCAL. “La vera azione cívico militare indubitabile”.

A la entrada del Batallón nos incorporamos a la primera de las cuatro estaciones que conforman este mini vía crucis, detrás de los anteriores y afortunados beneficiarios del Metrobús. Allí se nos ofreció, en forma parecida al “catering” de las marchas: empanadas de queso o carne mechada, con opción a picantulo, “que pica en la lengua y en.....la nariz”, chocolate caliente y otras chucherias, mientras éramos torturados por YVKE mundial, con loas a la revolución e improperios contra la disidencia golpista, además de soportar los concurrentes cánticos marciales de la tropa trotando y cantando, como en las películas: “.... la serpiente se arrastra,........el águila en lo alto, ….etc., reiterando lo de cada domingo de los “Aló, presidente”.

Mientras esperábamos, cometí el disparate de tomarme el peor café que se pueda comprar con mil bolívares, en una pequeña cantina operada por nuestra FAN, al tiempo que disponía del sandwich para desayuno que había traído desde la casa, en desconocimiento de las ofertas culinarias endógenas, ofrecidas “in situ”.

Aun estando enterados que solo hacia falta una simple copia de la cédula anterior, buena parte de los asistentes no cumplía ese mínimo requisito, lo cual está todo previsto y resuelto, mediante la participación del “tipo de las copias”, quien estaba por llegar.

Cuando apareció, con su pequeño maletín, pensé que sacaba las copias con algún celular de última generación, equipado con cámara e impresora, pero la solución era más bolivariana que tecnológica. El compatriota repasa la fila de comienzo a fin, colec-tando ordenadamente las cédulas de los “sin copia”, para llevarlas a reproducir en otro lugar del operativo y regresar a tiempo para rebobinar la película y que nadie se quede afuera por su culpa.

Cuando nos llega el esperado turno, un presunto funcionario firma el reverso de nuestra copia y pasamos a la segunda estación, especie de limbo a mitad de camino, donde no sucede nada y el tiempo se arrastra, sin ninguna pista sobre cuanto y por que estamos esperando. El sonido de fondo cambia y ahora se escuchan esporádicamente detonaciones de armas de guerra, que se distinguen de las de la vida real, en cuanto que la gente ni corre ni se tira al piso.

En algún momento, nos informaron que debíamos seguir hacia la tercera y penúltima parada. Hacia ella marchamos “en correcta formación”, bordeando un conuco oligopónico custodiado por un caballo viejo y triste, sin potranca y sin sabana, para deshonra del tío Simón. La cola se detuvo a la propia entrada de LA CASA DE LAS MISIONES, corazón de la frenética actividad cívico-militar del gobierno, donde pueblo y ejercito unidos, constituidos en Comité, planifican acciones y deciden en nuestro beneficio el futuro de la patria. Podremos descalificar estos procederes por mil buenas razones, pero…..”de que vuelan….vuelan”. Quien “esté pelando” y se pueda enganchar en alguna MISION, con ingresos superiores al salario mínimo y teniendo como única obligación la de venerar al “poseso”, lo hará y quedará agradecido, sin voltear a mirar a los excluidos de siempre que siguen debajo de los puentes y en los semáforos, pidiendo limosna y haciendo maromas.

Más tarde, un funcionario investido de mucha autoridad se nos acercó y advirtió, disipando de antemano cualquier duda: “Ojo….aquí nadie puede colearse, pero las MISIONES pasan primero y los VUELVAN CARAS…..antes”, agregando en tono de enmienda: “los militares también…..….y sus familiares, pero no todos”

Evitando referirme a la Lista de Tascón, hice un comentario ambiguo sobre la correspondencia entre la cantidad de gente que ingresaba y la poca que se veía salir, preguntándome si tendría alguna relación con los disparos en el patio trasero de LA CASA. Pensé que sería escoltado, todavía vivo “y en directo”, al sospechado paredón, donde seria revolucionariamente transmutado a un estadio superior de existencia.

Por el contrario, muchos de los solidarios compañeros de cola, bastante serios, intentaron tranquilizarme llamando mi atención sobre cada pequeño grupo que de cuando en cuando venía de regreso.

Finalmente, traspasamos eufóricos el umbral de LA CASA DE LAS MISIONES, donde comienza el último tramo, comparativamente “cinco estrellas”, del penoso recorrido.

A buena sombra y sentados de puesto en puesto, en cómodos asientos tipo agencia de festejos, recorrimos los últimos metros que faltaban para iniciar la fase tecnológica del operativo. Allí entregamos a un operador de “Laptop” la copia firmada y vencida de nuestra cédula, para ingresar al sistema “en Línea”, con los datos personales de cada caso.

El sistema responde diligentemente con la información contenida en su Base de Datos, presumiblemente consolidada de la ONIDEX, CNE, TASCON, ¿SUMATE? Nos requieren algunas confirmaciones y actualizan o agregan datos sobre talla, peso, grupo sanguíneo, dirección, teléfono, ¿Votó en las últimas elecciones?, ¿En un Centro de votación cercano a su residencia? y por último “¿Sabe el número de la cédula de su señora? Caso afirmativo, te cuentan con quien estás casado, sin agregar mucho a lo que ya sabemos. De allí pasamos a la foto, momento de mayor tensión para las damas, sobre todo después de 6 horas de agobio. Allí tropezamos de nuevo con las “captadoras de huellas”, echando por tierra la especie golpista de que solo tenían utilidad para retrazar la votación el día del revocatorio, cuando su eficiencia para ese fin había quedado inequívocamente demostrada. El último paso consiste de la impresión y firma de una planilla con nuestra foto y registro dactilar y de una copia a color de la nueva cédula, para ser firmada, laminada y entregada a sus respectivos dueños. ¡Voilà! ¡C’est tout! ¿Sencillo, verdad?

Retornando progresivamente a nuestra parcial y confinada realidad del Este caraqueño, invocamos inalámbricamente al amigo Alister para que nos regresara a casa, después de sobrevivir siete horas de inducción revolucionaria, sol, cansancio y arrechera contenida. No siempre tiene que ser así. Una señora conocida, con más suerte o mejor criterio, dispuso acometer la hazaña ese mismo día, pero a las dos y media de la tarde, rematando luego de hora y media en su peluquería, con su cédula nueva y tan fresca como una lechuga fresca. Como dice Chivo Negro: “Así son las cosas”.



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