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Venezuela como en tiempos de Gómez

Por Juan Carlos Zapata | Descifrado.com

[02-12-2004 12:22 PM] Botín de guerra. Eso es lo que son hoy los empresarios. O una buena parte de ellos. Como buena parte de la sociedad. Los empresarios que firmaron el decreto Carmona. O los ciudadanos que firmaron la solicitud del RR. ¿Que habrá diálogo desde el Gobierno? Habrá diálogo. Sólo desde la perspectiva de la entrega y la subordinación empresarial. No otra razón explica la iniciativa de revertir la sentencia del 11 de abril. ¿Qué es lo que hacen los ganadores con un botín de guerra? Ya se verá.

I Resulta más que una paradoja. ¿Desencanto? ¿Frustración? Pero, que se recuerde, desde los tiempos de Gómez no se producía una situación similar. Ricos con billete pero sin poder. Porque el poder sólo está en manos de uno. Del inconfundible. Del premiado. Del mensajero de los tiempos nuevos. El del discurso tonante. El de la mano de fuego. El poder se le ha dado como una cosa y esa cosa la amasa, la oprime, la revuelve, la voltea, la apachurra. De pronto ha descubierto la cosa-juguete-poder. Se envuelve con la cosa-poder. Se viste con la cosa-poder. Se ha encariñado con la cosa-poder. Y no hay forma de que suelte la cosa-poder. Nadie lo imagina ya sin la cosa-poder.

II Antes de 1998 el poder conservaba la expresión de las compensaciones. Y en ellas los ricos entraban a través de los contactos, relaciones, chequeras y vinculaciones muy estrechas. Sin entrar en consideraciones teóricas, el poder presentaba una clara distribución entre el Presidente, los partidos, empresarios nacionales y extranjeros, banqueros y figuras emblemáticas del pasado y el presente. Los niveles iban desde los más poderosos hasta los influyentes. Sin embargo, ¿qué pasó? ¿Dónde quedó ese poder que inclusive competía? Un poder que se complementaba, que establecía canales, si se quiere, de participación. No ha quedado nada. Y aunque el “nada” suene absoluto, esa parece ser la situación. Como en los tiempos de Gómez, cuando el dictador disponía, decidía, distribuía, aprobaba, pese a que allí, en el escenario, andaban los Lecuna, los Boulton, los Blohm, los Völlmer. La historia parece repetirse. Hoy una sola voz y un solo mando dispone y decide, pese a que en el escenario siguen vivos y vigentes Gustavo Cisneros, Lorenzo Mendoza, Miguel Angel Capriles López, Juan Carlos Escotet, Gustavo Marturet, Ignacio Salvatierra, Marcel Granier, Humberto Petricca. ¿De qué poder pueden disponer?

III No es lo mismo. El dinero está allí. Pero dinero sin poder no basta. ¿De qué le han valido los 4 mil millones de dólares de la lista de Forbes a un Gustavo Cisneros? Tuvo que venir y sentarse con Chávez con Carter en el medio. Reconocimiento del poder. ¿De qué le han valido a Lorenzo Mendoza los 2 mil 250 millones de dólares en ventas del Grupo Polar? Viajó a Madrid y habló del paraíso venezolano para las inversiones. ¿De qué le han valido los 500 millones de dólares a Miguel Angel Capriles López? Lleva años con una supuesta espada de Damocles que aparece cada cierto tiempo en el Tribunal Supremo de Justicia. Nadie condena lo que hizo Cisneros con Chávez en ese encuentro ni lo de Mendoza en Madrid ni lo de Capriles López con el perfil informativo de Ultimas Noticias. Los tres poseen suficiente experiencia y pedigrí para esperar, para aguardar, para saber los ciclos y las vueltas de la historia. Y no obstante, ¿no les resulta acaso una paradoja la situación?

IV Las épocas están signadas por la presencia de una figura empresarial. De un liderazgo fuerte y concluyente, con voz propia. No es el caso de hoy. ¿Dónde está esa figura? He aquí algunos ejemplos para graficar el tiempo y la escena: ¿Dónde el Diego Cisneros, el Salvador Salvatierra o el Angel Cervini de la época de Betancourt? ¿Dónde el Enrique Benedetti o el Oscar Machado Zuloaga del período de Leoni? ¿Dónde el Eugenio Mendoza, el Enrique Delfino o el Arturo Sosa del primer período de Rafael Caldera? ¿Dónde el Pedro Tinoco, el Gustavo Cisneros, el Ciro Febres Cordero, el Giacomo di Mase del primer tiempo de Carlos Andrés Pérez? ¿Dónde el Arturo Sosa del gobierno de Luis Herrera Campins? ¿Dónde el Beto Finol del gobierno de Jaime Lusinchi? ¿Y dónde otra vez el Tinoco, y el Gustavo Cinsneros y el Gustavo Gómez López del segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez? ¿O dónde el Julio Sosa Rodríguez del segundo período de Caldera? ¿Dónde quedaron? Eran otros tiempos, sin duda. La época en que el Estado, el Gobierno, el poder político, co-gobernaban. Para bien y para mal.

V Porque hay que establecer también dos campos y dos visiones. Una cosa son los que se benefician en un Gobierno y otra los que realmente pueden mostrar algún tipo de poder. Los beneficiados han sido muchos y en todas las épocas. Y cualquiera puede poner en el tablero el apellido que desee: un Espejo, un Febres, un Pérez Briceño, un de Armas, un Gómez, un Castro, un Petricca, un Machado, un Gill, un Zarikian, un Mishkin, un Quijada, un Mezerhane, un Finol, un Sosa, un González, un Domínguez, un Grespan, un Vargas. Pero están aquellas figuras, las de arriba, las del poder, las que no sólo lo detentaron sino también que promovieron, porque fueron promotores de empresas y de grupos, hoy vigentes o desaparecidos. Porque también, al frente, cada uno de ellos tuvo como interlocutor a un líder de estatura: un Betancourt, un Gonzalo Barrios, un Prieto Figueroa, un Rafael Caldera, un Carlos Andrés Pérez, un Héctor Hurtado, un Leopoldo Sucre Figarella, un Juan Pablo Pérez Alfonso, un Lorenzo Fernández.

VI Parece casi una correspondencia. Liderazgo político con liderazgo empresarial. Ambos fueron devaluándose. Ambos fueron entregándose. Y ambos terminaron por perder y entregar el poder para que al final, en un arrebato, en una guerra verbal y de fuerza, en una revolución, se cambiaran los roles. En la crisis financiera se perdió parte del capital y el liderazgo empresarial. Y en un país que no encontró ni rumbo ni definición de modelo empresarial los capitanes de empresas se convirtieron en grumetes de buque, comandados por ese único poder de hoy que se sienta sobre miles de millones de dólares en reservas internacionales, controla las instituciones, controla el poder petrolero, controla la Fuerza Armada, controla la justicia, controla hasta el más allá porque muchos de los muertos de estos años murieron maldiciendo ese poder.

VII Rico sin poder es como noche sin luna. No significa en modo alguno que no haya ganancias en las empresas. Claro que las hay. Pero ¿es suficiente? Ni siquiera disfrutan el dinero porque la inseguridad política, la inseguridad personal y la inseguridad jurídica prohíben hasta la aparición espontánea y natural en las páginas sociales. Aparecen, eso sí, los nuevos actores. Porque si en el pasado lejano desapareció el emporio de los Machado Zuloaga, y en el pasado más reciente el de Eugenio Mendoza Goiticoa y el de Pedro Tinoco, más cerca, más acá, los Boulton han dejado sus últimas huellas y los herederos de Julio Sosa Rodríguez han entregado sus últimas firmas.

VIII Porque en la repetición de cierta historia que ocurrió hace casi un siglo, en los tiempos de Gómez, el régimen permite el beneficio y el lucro mientras el rico, magnate o millonario no le dispute el poder, mientras no se le ocurra arrebatar el poder político. El gomecismo entregaba concesiones petroleras, el chavismo entrega y disfruta el petróleo, el gas, las divisas, los contratos y las compras gubernamentales; el jefe gomecista era en sí mismo un monopolio político y económico; el Estado chavista es en esencia lo mismo, sabe quién se le opone y quién no, y por tanto decide quién se lucra y quién no. Aparecen entonces los nuevos operadores, los nuevos banqueritos, los nuevos petroleros nacionales, los nuevos agroindustriales, los nuevos comerciantes y distribuidores de alimentos, los nuevos fabricantes. Y aunque estos nuevos también viven la época del beneficio contante y sonante, no les ha llegado aún el tiempo del poder. Que se olviden. En el Estado chavista, el poder no se comparte.



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