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LÓPEZ OBRADOR: EL FIN DEL ROMANTICISMO DE UN CAUDILLO

Por Raúl Tortolero

Ciudad de México, 30.08.06 | Hace décadas que este país no atravesaba una crisis tan peligrosa como la de hoy. En las elecciones de 1988, cuando sí hubo un fraude claramente comprobado a favor del PRI, entonces partido de Estado, y las escasas instituciones de raíz civil con que contábamos no tenían peso real, la nación nunca estuvo a punto de arder.

Podría haberse llamado a una insurrección, pero no fue así. La prudencia mostrada por el verdadero ganador de tales comicios, Cuauhtémoc Cárdenas, fue muy útil para que en México pudiera irse desarrollando poco a poco un movimiento crítico de izquierda surgido por un lado de las izquierdas clásicas socialistas y comunistas y por otro de escisiones del PRI. Y fue útil para la lenta pero segura construcción de una democracia basada en el respeto a las leyes y la creación de un conjunto de instituciones civiles que organizan y revisan la vida política del país, las elecciones, los derechos humanos, de las mujeres, laborales, sexuales, religiosos.

El mérito histórico de Cárdenas fue justamente algo que algunos incendiarios consideraron cobarde en su momento: no haber apostado por la violencia, para que, con la legitimidad que le confería su demostrado triunfo electoral, el apoyo social y de algunas fracciones del gobierno y del ejército, tomar el poder a la fuerza. No lo hizo no por falta de arrestos, sino porque su peculiar sabiduría política y entendimiento de las condiciones reales del país le hacían pensar que era más importante construir y solidificar la democracia en México, así llevara tal proceso 20 años más, que tomar a sangre y fuego el poder, por legítimo que pareciera, y detentarlo durante un sexenio que tendría necesariamente que haber sido autoritario, ya que ocupar la presidencia no significa que desaparezca la corrupción, los privilegios, ni la gente se hace automáticamente más participativa en los procesos políticos y civiles de su patria. Todo esto sólo puede construirse con tiempo. Se teje desde abajo. No puede hacerse por decreto, “desde arriba” y con una ametralladora en la mano.

De 1988 a 2006 nuestra democracia se ha ido perfeccionando a paso de tortuga, pero sin regresiones escandalosas. Lo que ocurre hoy, sí representa una regresión inaceptable.

Al mismo tiempo del surgimiento de las instituciones democráticas con tanto dolor paridas, iban ganando terreno los partidos de oposición al PRI, en los municipios primero, luego en los estados, en las dos cámaras legislativas y finalmente, el 2000, en la presidencia con el triunfo del panista Vicente Fox.

En todos estos últimos 18 años, la izquierda mexicana, de todos los colores, de todos los matices, desde los más radicales hasta los más centristas, finalmente aportó grandes caudales de ideas, leyes, discursos, acciones y propuestas para cimentar una democracia cada vez más fuerte.

Incluso el nacimiento del EZLN –ese movimiento light y “Marcos-centrista”, de cambiantes objetivos y métodos- ayudó a inclinar la mirada de las mayorías y del poder hacia los marginados de siempre, los indígenas.

El PAN, cuya lucha como partido hacia la democracia puede rastrearse incluso antes de los principales movimientos masivos de izquierda en México, por su cuenta generó una cultura muy respetable de valores democráticos que hoy nos rigen.

Quién iba a pensar que hoy, 18 años después del último fraude de grandes proporciones operado a nivel nacional por el Estado, el país iba a estar en riesgo de perder todo lo que ha ido construyendo para la consolidación de la democracia por un manejo irracional de la situación post electoral encabezado por un otrora lento-hablante hombre con ilusiones juaristas liberales como López Obrador.

No, no se debe al PRD como instituto político, sino a la distancia de López Obrador con la realidad. Son muy pocos quienes en esas filas querrían de veras prender fuego al país siguiendo a su líder iluminado a costa de perder su registro como partido, sus escaños legislativos, abandonar la legalidad por una supuesta legitimidad sustentada en alucinaciones post electorales, y empezar a actuar fuera de la ley. No parece razonable pasar de ser legítimos críticos de un sistema político atrasado a delincuentes románticos guiados por un fundamentalista que nunca presentó pruebas contundentes de ningún fraude electoral.

Y, lo más grave, iniciar una lucha en contra de la sociedad por la que dicen luchar, ya que es a la que más perjudican sus acciones “de resistencia”. Pero sobre todo, en contra del camino legal e institucional por el que han transitado desde su fundación hace casi 20 años y que hoy se verían obligados a desandar. Todo por un hombre que usa al PRD como rehén de sus pasiones y sus resentimientos bien guardados y bien disfrazados durante años. Todos los perredistas deberían empezar a demoler todo cuanto han construído, las propias leyes que han suscrito, sus iniciativas, sus propuestas, su comportamiento agresivo pero institucional, todo por una suerte de fiebre tropical que aqueja al ex candidato a la presidencia.

El “Pejelagarto” combatió hombro con hombro con Cuauhtémoc Cárdenas durante largos años, hasta que le pareció pertinente rebasar a su maestro, lanzarse para presidente y ahora generar un caos que bien puede descomponer al país, al menos parcialmente.

Sólo que cuando a Cárdenas le tocó enfrentar un fraude colosal en su contra, hizo a un lado su egoísmo y ambiciones personales en pos del bien del país, sabiendo que la democracia necesita décadas para cuajar y apostando en este sentido, estratégicamente seguir luchando por los cauces democráticos de su partido, el de la Revolución “democrática”, ojo, no de la revolución armada. Una revolución democrática se construye dentro de la ley, y una revolución armada es lo más antidemocrático que puede haber, es una apuesta al regreso del autoritarismo, que desemboca siempre en dictaduras que todos ya conocemos y sobran ejemplos para ilustrar esto.

Pero cuando ahora a López Obrador le tocó enfrentar lo que sólo él cree que fue un fraude -es decir, ni siquiera un fraude plenamente documentado, un supuesto fraude que los observadores internacionales y el TRIFE aseguran no existió- su respuesta es la incitación a actuar fuera de la ley. Podría este señor estar pensando en que a él no le van a hacer lo que le hicieron a Cárdenas, y qué él “no se va a dejar, ni se va a rajar”, como tantas veces ha repetido, y por tanto va a conducir a sus seguidores, los pocos que le queden, a un peculiar estado de conciencia en el que él sea el verdadero presidente.

Sólo hace un par de días, el domingo 27 de agosto, López Obrador dijo que desconocía a todas las instituciones mexicanas. Y convocó a sus fieles a crear instituciones propias. Esto es totalmente inaceptable y alucinante. Si todas las instituciones son ilegítimas para él, ¿para qué contendió por las vías legales primero buscando la presidencia? ¿Apenas acaba de caer en la cuenta de que todas las instituciones son dignas de ser desconocidas?

Si pensaba esto, no es justificable que entrara en un proceso legal como candidato. ¿Cómo pudo ser jefe de gobierno de la capital durante 5 años y reunirse hasta con el presidente Fox en algunas ocasiones? López Obrador estaba dentro de las dinámicas institucionales hasta que, como fue derrotado, optó por desconocer a todas las instituciones e inventar las suyas propias, seguramente a su gusto.

En su “Asamblea Informativa” –como llama a sus apariciones públicas ante sus seguidores- el tabasqueño aseguró esto: “no tenemos ningún respeto por sus instituciones y nosotros vamos a crear nuestras instituciones, del pueblo, de acuerdo con el artículo 39 de la Constitución”. Según las notas periodísticas, luego agregó que “el sistema político está podrido y es más dañino decir que no pasa nada”. Estas declaraciones son muy graves, alarmantes y realmente ameritan su expulsión inmediata del PRD. Un instituto político legítimo no debe fenecer a manos de un febril ex político que está totalmente descaminado. Cada vez son menos quienes tiene como incondicionales, pero mientras son menos, son más radicales y propensos a la violencia.

Ha habido algunos militantes que han dicho estar dispuestos a morir por su causa, sin tener en cuenta la ausencia de pruebas serias de un fraude electoral y sin percibir que al país no puede convenirle echar al bote de basura su estabilidad económica, su paz, su democracia, a cambio de lo que se convertiría en un régimen ilegal, autoritario, que sólo puede evolucionar en una suerte de dictadura de izquierda.

Pero, ¿de cuál causa hablan quienes se dicen dispuestos a todo por el Peje? López Obrador no ganó las elecciones y por tanto la única causa que estarían apoyando inconcientemente sus fieles es la un candidato perdedor que ahora quiere tomar el poder a como dé lugar, sea por la vía que sea. Esto es muy dañino: López Obrador tuvo una gran oportunidad de ganar, pero no ganó finalmente.

Entró por su gusto en el juego democrático-electoral a ver si ganaba, y si ganaba entonces lo primero que hubiera hecho sería decir que el IFE y el TRIFE aprovecharon su oportunidad histórica de legitimarse ante la sociedad, hubiera felicitado a los presidentes de estas entidades. Pero como perdió, no importa si por unos cuantos votos, entonces despotrica contra todas las instituciones, y las descalifica sin que la gente sepa dónde y cómo se operó un supuesto fraude colosal y al mismo tiempo, “hormiga”.

Conozco a bastantes perredistas –incluso son mis amigos, y hablo de diputados, senadores, directores, subdirectores delegacionales, etc-, que están cansados de tener que asistir a dormir al inútil plantón de Reforma, y aburridos de la falta de democracia interna en su partido una vez que el Peje ha decidido convertir un instituto en un monolito a su gusto. ¿Todos tienen que pensar igual que él? ¿No pensar como López Obrador será igual a ser un traidor, a hacerle el juego al PAN, o a Fox? Qué grave, qué preocupante cuando todos tienen que pensar igual y actuar igual para no desagradar al gran jefe, para no ir al paredón y sufrir las consecuencias de segregación.

¿DONDE ESTA EL PRD?

¿Dónde está el PRD? No hay PRD. Hay un mesías y su público hipnotizado. Quienes finalmente levanten la voz contra el autoritarismo desmedido de este ex político después podrán sentirse orgullosos de haber hecho algo serio por la conservación de la democracia. Digo “ex político” porque en definitiva López Obrador ha dejado de ser un político –es decir alguien que privilegia el diálogo, el entendimiento, la negociación, la conciliación, la reconciliación, la paz, el orden, la democracia, por encima de la descalificación de todas las instituciones, la proclamación de la necesidad de una revolución, de una insurrección como camino hacia un México mejor, la incitación subliminal o implícita a la violencia, el autoritarismo, las verdades únicas, la confrontación.

Ha dejado de ser un político para convertirse, para encarnar lo que siempre, en el fondo, anheló ser: un caudillo a quien las masas siguieran y, en el marco cíclico del aniversario de la independencia de 1810 y la revolución agraria de 1910, cerca de 2010, sublevar a la población ante el presunto agotamiento de las formas institucionales para tomar el poder, y pasar a la historia como un “revival” combinado de Benito Juárez, Emiliano Zapata, Francisco Villa y el general Lázaro Cárdenas.

Algo muy parecido, no en las formas sino en el fondo, a lo que cree encarnar hoy día el señor Hugo Chávez en relación al espíritu de Simón Bolívar, de quien se cree su más legítimo heredero, por no decir su único y verdadero heredero, pero además, el heredero también de Fidel Castro y tal vez, bien pronto, en ciertos aspectos lindantes con la “revolución cultural”, de Mao Tse Tung.

Gente conciliadora y “política” en su verdadera acepción, como Jesús Ortega, Ricardo Monreal, Amalia García, Manuel Camacho Solís, por ejemplo, entre otros, deben de inmediato tomar las riendas del PRD y reintegrarlo a la normalidad democrática que con tantos esfuerzos han ido construyendo.

NO FUE UN CHEQUE EN BLANCO

Esto que vivimos los mexicanos hoy en día no es un juego, es una cosa muy seria y merece toda la atención posible.

He podido percibir cómo muchos militantes o simples simpatizantes del PRD que votaron por Andrés Manuel López Obrador el pasado 2 de julio, ahora lo lamentan. Y lo lamentan porque votar por él no significaba otorgarle un cheque un blanco para hacer cualquier cosa que surgiera de un consenso de él, con él mismo. Un acuerdo de él con él, teniendo al PRD como un instituto a sus órdenes.

Su plantón de Reforma (del cual se deslindaron y quejaron un grupo nutrido de intelectuales de izquierda que lo apoyaron antes) a los primeros que incomoda es a los ciudadanos, quienes tienen que pagar el precio por un supuesto fraude fantasmal que no ha podido ser probado.

Si lo fuera, tal vez hasta los mismos detractores de López Obrador saldrían a las calles a defender su triunfo, no por la figura de López Obrador en sí mismo, sino porque se sentirían robados, asaltados en el avance de la democracia y eso es inaceptable. Bueno, yo mismo me sentiría orgulloso de plantarme donde fuera y hacer lo que fuera necesario en las calles para defender la democracia ante un fraude electoral bien claro, como el de 1988. Pero no lo hay.

RESENTIMIENTO

El movimiento de Andrés Manuel, desapegado de la realidad, tiene además características de descomposición social graves. Más que ser un movimiento que se opone a un supuesto fraude, y que lucha por el reconocimiento legal de un presunto triunfo lopezobradorista, se ha convertido en la mejor oportunidad para encauzar grandes dosis o sobredosis de resentimiento social acumulado desde hace décadas, por desatención gubernamental como por efectos colaterales a la propia condición de “lumpen” de algunos de sus componentes.

El resentimiento social se manifiesta en la mayoría de los discursos de López Obrador, desde hace mucho tiempo. Así fue durante las campañas electorales: todo el tiempo este todavía perredista se encaprichó en referirse a los mexicanos con palabras que nos dividen, como “los de arriba” contra “los de abajo”, “la derecha” contra ellos, “los ricos” contra el pueblo, etc. Nunca hubo un atisbo de lenguaje conciliador, pacifista, sino uno que busca a como dé lugar el agravamiento de las diferencias. Es un discurso de “lucha de clases” y sabemos hacia dónde intenta evolucionar siempre tal agravamiento de las diferencias.

CONTRA LOS RICOS

Y es que, al Peje, más que molestarle que existan alarmantes niveles de pobreza, le repugna que existan los ricos. No es que ame a los pobres y luche por ellos, por su reivindicación, sino que le enoja la existencia de la gente acaudalada. A mí no me molesta que hay ricos, me preocupa que la riqueza esté tan mal repartida en este país y los contrastes sean deplorables.

El Peje no puede perdonar a los ricos. Se siente enemigo de ellos y los ve como gente despreciable, sin antes siquiera haberlos escuchado. Los descalifica por ser ricos. Sólo por eso. ¿Qué clase de política es ésta? Ninguna. Eso no es hacer política. ¿Cómo puede evitar que los ricos sean ricos? Eso sólo podría lograrse, y parcialmente, con un camino armado. Pero el país se empaparía de sangre y al final del día otros se enriquecerían, como siempre ha sucedido en la historia de las revoluciones de todo el mundo. Una nueva elite se enriquece y las cosas cambian para quedar igual. La sociedad es la que sufre en medio de todo esto. Pero la sociedad y su bienestar no parecen interesarle por ahora a López Obrador.

Decíamos que empezar a operar al margen de la legalidad y de las instituciones es iniciar una insurrección, y toda insurrección es una apuesta al autoritarismo. Nadie toma las armas para llegar al poder a construir una democracia. Cuidado, desconocer a “todas las instituciones mexicanas” y crear unas paralelas, no es un sendero democrático, sino uno visiblemente autoritario.

Una democracia no puede ser construida con ningunas armas, de no ser las armas del diálogo, la política, las leyes, las instituciones. Si las minorías altamente proclives a la violencia armada se integran a este llamado de López Obrador a desconocer las instituciones y crear unas propias, estamos entonces frente a una incipiente llama que podría traducirse en el peligro de una dictadura futura.

Hay símbolos preocupantes desde ya. ¿Cómo es que aparecen retratos de Stalin en el plantón de Reforma? También hemos visto reiteradas banderas no del PRD sino del famoso martillo y la hoz. ¿Cómo es esto, a qué hora pasaron esos manifestantes de ser repudiantes de un supuesto fraude a entronizadores del comunismo? Que se sepa, las propuestas electorales del PRD fueron paternalistas, asistencialistas, pero nunca de carácter comunista. ¿Entonces qué pasa?

En honor a la justicia, hay mucha gente valiosa dentro de la izquierda mexicana. Pero se necesita seguir construyendo una izquierda democrática y moderna, no esta cosa mesiánica y autoritaria que vemos ahora. Necesitamos una izquierda que contienda en las elecciones pero que no ponga a sudar al país si no gana, que no ponga en duda las instituciones sólo porque no ganó, sino una izquierda bien madura cuya plataforma y propuesta no impliquen la modificación de la estabilidad macroeconómica y la paz social, sino la orientación más hacia la justicia social de sus programas.

Es verdad que existió cierta intervención del gobierno federal en estas elecciones, con innumerables spots a favor de “continuar por el mismo camino”, y que hubo programas de gobierno usados clientelarmente a favor de candidatos del PAN. Pero también los hubo para favorecer al PRI y al PRD. El IFE les marcó un alto a todos un poco demasiado tarde.

Hubo también innumerables spots del PAN, con cargas de mala leche contra López Obrador, donde lo anunciaban como “un peligro para México”. Es cierto todo eso, pero hoy en día podemos ver que tales spots resultaron proféticos, porque podemos apreciar cómo AMLO sí se ha transformado en una suerte de peligro para México, alguien que ha pasado de la resistencia civil pacífica dentro de las instituciones a invitar a sus seguidores a ignorar las instituciones todas.

Andrés Manuel tuvo en contra desde el principio muchos factores: no lo dejaban ser candidato al gobierno del DF, argumentando que no tenía los años suficientes viviendo aquí, ya que es de Tabasco. Finalmente pudo ser jefe de gobierno. Luego vino lo del desafuero. ¿Para qué emprendieron eso, si al final tuvieron que retractarse? Y era injusto no dejarlo competir legalmente con argucias legaloides.

Pero Andrés Manuel continuó inscrito en el proceso electoral, con lo que lo validaba, y sólo cuando se vio derrotado en las urnas se le ocurrió descalificar a la suma de las instituciones mexicanas. Es increíble. El hombre se está suicidando, y a la usanza de las ballenas que mueren unidas en alguna playa, aspira a que sus fans lo acompañen a una bahía mortuoria a la que por supuesto nadie quiere ir.

Es previsible que se quede solo, más solo de lo que puede imaginar, ya que la vida de la democracia debe continuar. Los legisladores de su partido, elegidos por la soberanía popular no van a dejar sus curules por él, y deben más fidelidad a sus electores que a ningún caudillo, y, estando dentro de la legalidad, no apoyarán ninguna hazaña ilegal por legítima que pudiera parecer.

Así que el Peje tiene sólo dos caminos hoy: rectificar y reencauzar su lucha por la vía de la legalidad institucional y pacífica, u optar por el desconocimiento y deslinde de la mayoría de sus compañeros del PRD y la clandestinidad y las armas. Y eso equivale a un hombre solo, contra su partido. Y contra la mayoría de la sociedad, incluso contra muchos que votaron por él y hoy lo lamentan. Ahora sí parece quedarles algo claro: si las elecciones se repitieran, jamás volverían a votar por él, con lo que ha perdido su capital político cuidadosamente ganado a lo largo del sexenio que fue jefe de gobierno de la ciudad. Los exabruptos no van con la política. Y la paz, la paz es un valor demasiado apreciado en México como para cambiarlo por cualquier sueño, por opiáceo y placentero que sea.



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