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Distribución de pobreza en Venezuela

Por Carolina Jaimes Branger

Cuando un gobierno es malo, por lo general busca culpar de su incapacidad a todo agente externo a él. Por ejemplo, para justificar el aumento de los índices de pobreza, ese gobierno jamás asumirá su falta de capacidad, sino que acusará a los inversionistas privados de tener el monopolio de las riquezas, y con la mayor caradura le dirá al pueblo que lo que a ellos les falta, es porque esos inversionistas, o cualquier otro chivo expiatorio (que jamás ni nunca es el gobierno), se los quitaron. Excusa que se vuelve más insólita cuando quien que la da, es un Estado rico.

Otra característica son las constantes tergiversaciones y trastrocamientos de la realidad: la violación de derechos humanos, por citar un caso, no son llevadas a cabo por las fuerzas represivas al servicio del régimen, que atacan a ciudadanos desarmados, sino que son los ciudadanos desarmados quienes agreden, atacan y desarman a los armados. Quienes vivieron el régimen de Milosevic en Yugoslavia pueden dar fe de esto.

Y para completar el desastre, se apoyan en la tesis de que hay que desbaratar todo lo que represente el status quo, sin importar que sea bueno, regular o malo, para construirlo todo nuevo. Lo que sucede es que, indefectiblemente, sólo se quedan en el desbaratar.

Esta historia, por supuesto, no es nueva. La han experimentado todos los países que han pasado por la desgracia de tener regímenes conducidos por “mediocridades engreídas y nulidades consagradas”, como de manera tan lapidaria pero real afirmó nuestro Manuel Vicente Romerogarcía.

En los tiempos de Allende en Chile la escasez era tal, que los turistas que visitaban Santiago se quedaban atónitos al ordenar comida en los restaurantes: “De eso no hay”. “Lo sentimos mucho, ese plato no lo tenemos”. Ni siquiera los mejores de la ciudad se salvaban. La mayoría de las veces sólo podían servir un plato, a lo sumo dos.

Lo mismo sucedía en Rumania. A fines de los años sesenta, alguien que llegara a cenar en cualquiera de los mejores restaurantes de Bucarest, pasaba por la misma escena de quienes estuvieron en Chile a principios de los setenta. Lo mejor era prescindir del menú, y preguntar qué era lo que había, para ahorrar tiempo.

Más patético resulta el caso de Cuba, donde los turistas comen cualquier exquisitez imaginable, y los locales deben conformarse con una libreta de racionamiento que los mantiene en niveles de subsistencia.

El mejor gobierno es el que logra proveer de mayor bienestar material y espiritual a la mayoría de sus ciudadanos. Y no se trata de distribuir riquezas como dádivas, sino de crear riquezas. Si no hay creación de riquezas, a lo más que se llega es a aquello que repetía el doctor Valentín Hernández Acosta: “no una distribución equitativa de la riqueza, sino una distribución equitativa de la pobreza”.



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