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Hugo Chávez desde afuera

Por Rafael Osio Cabrices, El Invernadero

19 de Marzo de 2004 - Uno de los muchos trastornos que esta exasperante experiencia que ha significado el chavismo para la nación venezolana es la popularidad que su caudillo y su retórica han alcanzado fuera de Venezuela. Muchos nos hemos preguntado reiteradamente cómo es posible que en el exterior haya tanta gente que cree que en el país hay una verdadera revolución pacífica, una redistribución de la riqueza, una oleada de cambios positivos. Para no hablar de gente sin estudios en política, gente que no tiene credenciales para que su opinión valga mucha al respecto, como ha sido el caso reciente de los estadounidenses Danny Glover y Don King –el primero un actor menor célebre más que todo por las cuatro entregas de Arma mortal, el segundo un promotor de boxeo con universal fama de gangster–, son notables los entusiasmos que intelectuales como Ignacio Ramonet han hecho públicos sobre el régimen militar que ha puesto en peligro la democracia venezolana (sobre la cual me apresuro a decir, antes de que algún chavista disfrazado de ni-ni me corrija, que ya estaba bastante amenazada por la corrupción y la ineficacia).

Son muchas las razones por las que alguien puede estar en contra de Chávez; como sabemos, van desde el racismo y la frivolidad hasta la angustia de ver a la nación sometida al autoritarismo violento y a la promoción de la ignorancia y la ilegalidad. Del mismo modo, son muchas las razones por las que un ser humano determinado puede tomar una posición a favor del golpista convertido en presidente.

Esas razones dependen en muchos casos de la historia de la sociedad en que dicho chavista extranjero se ha formado. Escribo este comentario desde Bolivia, país en el que me ha tocado seguir de lejos los disturbios iniciados el 27 de febrero pasado; país en el que me tocó, en noviembre de 2003, escuchar a Chávez decir en el aeropuerto de Santa Cruz de la Sierra que soñaba con bañarse en una playa boliviana. Puedo, en lo que concierne a Bolivia, apuntar algunos factores que hacen que el presidente venezolano se vea desde acá por lo menos simpático.

Vamos por partes. Existe en este pobre y conflictivo país una masa de ciudadanos por completo desilusionados de la política y aislados de los asuntos públicos, que no son de izquierda ni de derecha, que cuando ven a Chávez saltarse el protocolo, abrazar a sus interlocutores, derrochar gracia caribeña y además hablar del mar, el gran trauma boliviano, lo único que todos los bolivianos comparten, pues sienten al menos una leve simpatía. En aquel momento, un vigilante me dijo "nos gusta él, pero de su gobierno no sabemos nada".

Es decir, les cae bien, les parece carismático y agradable, no un presidente acartonado. Además, no es blanco, y eso cuenta en un país como Bolivia, donde el 62% de la población es indígena.

Se puede hablar de un segundo nivel de simpatía. En Bolivia existe una izquierda antigua y compleja, en la que abundan discursos radicales, stalinistas. Eso viene de la tradición de luchas mineras y campesinas, creadas por la histórica segregación económica y racial, que una vez tuvieron el poder, en la revolución de 1952. Esta izquierda "dura", muy presente en las universidades, los sindicatos, el campesinado cocalero (compuesto en parte de antiguos mineros), organizaciones no gubernamentales y partidos como el Movimiento Indígena Pachacutik de Felipe Quispe y el Movimiento al Socialismo de Evo Morales, no se preocupa demasiado por informarse objetivamente de las cosas, y acepta como parte de los suyos a quien repita su retórica antiimperialista, antiliberal, etc. Para ellos la democracia es una mentira de la burguesía, así que no le ven nada de malo a la incapacidad para el consenso y la tolerancia que manifiesta Chávez. Éste, por lo demás, luce encantador ante ellos cuando amenaza con no vender petróleo a Estados Unidos; esta vieja y terca izquierda no se detiene a pensar que Chávez necesita vender petróleo a Estados Unidos para tener dinero con que comprar militares y financiar su hiperpopulismo. Esa vieja izquierda no lee la prensa, porque la hacen los empresarios, la oligarquía.

En un tercer nivel de simpatía, mucho más escaso, ubicaría a gente de izquierda con que he conversado, que es mucho más seria y crítica, y que mantiene frente a Chávez una simpatía inicial pero acepta que uno le cuente detalles importantísimos como que él insiste en que mandará hasta 2021, cosa que en Bolivia se ignora.

Hay gente que nunca va a cambiar. Líderes que viven de la confrontación. Gente imposibilitada por la pobreza a ver más allá de su noción paranoica de las cosas. Intelectuales negados crónicamente a examinar ideas ajenas al sistema político que han elegido. Ante ellos, Chávez es perfecto. Y lo será cuando se revele el tamaño de la corrupción de su régimen, cuando se haga patente la humillación de su caída.

Se supone que el ciudadano democrático debe aceptar que siempre habrá disenso en el mundo, que las ideas más absurdas ante los ojos de uno siempre existirán por ahí, y debe estar dispuesto a convivir con eso. Lo contrario es la intolerancia que caracteriza al chavismo, por ejemplo.



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